As a bathtub lined with white porcelain,
When the hot water gives out or goes tepid,
So is the slow cooling of our chivalrous passion,
O my much praised but-not-altogether-satisfactory lady.
jueves, 31 de enero de 2013
viernes, 24 de agosto de 2012
Recordando un Temblor en el Bosque de los Muertos, de Luis Rosales (borrador de traducción)
Remembering a Tremor in the Forest of the Dead
If the heart lost its foundations,
if the earth and lumber from the forest
of blood quivered, and if all your flesh
could put itself into gentle and absolute
motion, like an avalanche slowly crawling,
erasing a frontier in each step,
and if a fixed light were blindness,
and if between the seeing and staring the wind could stay,
and if your dearest dead formed
a burning forest under the naked sea
-the forest of death where a sun yields,
already in another sky, its silent gold-
and if a swarm flew among the branches
where the tremor raised the first leave.
Si el corazón perdiera su cimiento,/ y vibraran la tierra y la madera/ del bosque de la sangre, y se pusiera/toda tu carne en leve movimiento
total, como un alud que avanza lento/ borrando en cada paso una frontera,/ y fuese una luz fija la ceguera,/ y entre el mirar y el ver quedara el viento,
y formasen los muertos que más amas/ un bosque ardiente bajo el mar desnudo/ -el bosque de la muerte en que deshoja
un sol, ya en otro cielo, su oro mudo-/ y volase un enjambre entre las ramas /donde puso el temblor la primera hoja...
If the heart lost its foundations,
if the earth and lumber from the forest
of blood quivered, and if all your flesh
could put itself into gentle and absolute
motion, like an avalanche slowly crawling,
erasing a frontier in each step,
and if a fixed light were blindness,
and if between the seeing and staring the wind could stay,
and if your dearest dead formed
a burning forest under the naked sea
-the forest of death where a sun yields,
already in another sky, its silent gold-
and if a swarm flew among the branches
where the tremor raised the first leave.
Si el corazón perdiera su cimiento,/ y vibraran la tierra y la madera/ del bosque de la sangre, y se pusiera/toda tu carne en leve movimiento
total, como un alud que avanza lento/ borrando en cada paso una frontera,/ y fuese una luz fija la ceguera,/ y entre el mirar y el ver quedara el viento,
y formasen los muertos que más amas/ un bosque ardiente bajo el mar desnudo/ -el bosque de la muerte en que deshoja
un sol, ya en otro cielo, su oro mudo-/ y volase un enjambre entre las ramas /donde puso el temblor la primera hoja...
lunes, 16 de julio de 2012
Para Mi Hija (Weldon Kees)
Sondeando los ojos de mi hija descubro
escondida tras la inocencia de carne
fresca, augurios de muerte a los que ella
no presta atención.
El más frío de los vientos ha mecido este pelo, y un amasijo
de algas enredado estas miniaturas de manos;
el lento veneno de la noche, tolerante y dócil,
ha conmovido su sangre. Resecos días que he vislumbrado
como suyos aparecen: repugnantes, persistente muerte
durante una guerra certera, las delgadas piernas verdes.
O, alimentada por el odio, ella entregando el aguijón
de la agonía de los otros; quizás la cruel
esposa de un sifilítico o un iluso.
Estas conjeturas se agrian en el sol.
No tengo hija, ni deseo ninguna.
To My Daughter
Looking into my daughter’s eyes I read
Beneath the innocence of morning flesh
Concealed, hintings of death she does not heed.
Coldest of winds have blown this hair, and mesh
Of seaweed snarled these miniatures of hands;
The night’s slow poison, tolerant and bland,
Has moved her blood. Parched years that I have seen
That may be hers appear: foul, lingering
Death in certain war, the slim legs green.
Or, fed on hate, she relishes the sting
Of others’ agony; perhaps the cruel
Bride of a syphilitic or a fool.
These speculations sour in the sun.
I have no daughter. I desire none.
escondida tras la inocencia de carne
fresca, augurios de muerte a los que ella
no presta atención.
El más frío de los vientos ha mecido este pelo, y un amasijo
de algas enredado estas miniaturas de manos;
el lento veneno de la noche, tolerante y dócil,
ha conmovido su sangre. Resecos días que he vislumbrado
como suyos aparecen: repugnantes, persistente muerte
durante una guerra certera, las delgadas piernas verdes.
O, alimentada por el odio, ella entregando el aguijón
de la agonía de los otros; quizás la cruel
esposa de un sifilítico o un iluso.
Estas conjeturas se agrian en el sol.
No tengo hija, ni deseo ninguna.
To My Daughter
Looking into my daughter’s eyes I read
Beneath the innocence of morning flesh
Concealed, hintings of death she does not heed.
Coldest of winds have blown this hair, and mesh
Of seaweed snarled these miniatures of hands;
The night’s slow poison, tolerant and bland,
Has moved her blood. Parched years that I have seen
That may be hers appear: foul, lingering
Death in certain war, the slim legs green.
Or, fed on hate, she relishes the sting
Of others’ agony; perhaps the cruel
Bride of a syphilitic or a fool.
These speculations sour in the sun.
I have no daughter. I desire none.
jueves, 5 de enero de 2012
A la Mujer (Lord Byron)
¡Mujer! La experiencia podrá haberme dicho,
que todo el que os contemple habrá de amaros;
Seguro que la experiencia me habrá enseñado
que vuestras firmes promesas no son nada;
pero, dispuesta ante mi con todos vuestros encantos,
todo yo lo olvido, menos adoraros.
¡Oh Memoria! vos elegís la bendición
que va unida a la esperanza, cuando aún poseéis;
¡pero tanto más despreciada por cada amante
cuando la esperanza ha huído, y la pasión acabado!
La mujer, esa bella y cariñosa embaucadora,
¡cómo tienden los mozuelos a creerla!
¡Cómo late nuestro pulso al ver
el ojo que rueda brillante y azul,
o centellea negro, o suave lanza
un destello bajo frentes castañas!
¡Qué pronto damos crédito a cada voto,
y la oímos prestar el voluntarioso juramento!
Ingenuos esperamos que durará para siempre,
cuando, ¡atended! ella en un día cambia .
Este testimonio permanecerá,
"¡Mujer! vuestras promesas se escriben en la arena."
Woman! experience might have told me
That all must love thee, who behold thee:
Surely experience might have taught
Thy firmest promises are nought;
But, plac'd in all thy charms before me,
All I forget, but to adore thee.
Oh memory! thou choicest blessing,
When join'd with hope, when still possessing;
But how much curst by every lover
When hope is fled, and passion's over.
Woman, that fair and fond deceiver,
How prompt are striplings to believe her!
How throbs the pulse, when first we view
The eye that rolls in glossy blue,
Or sparkles black, or mildly throws
A beam from under hazel brows!
How quick we credit every oath,
And hear her plight the willing troth!
Fondly we hope 'twill last for ay,
When, lo! she changes in a day.
This record will for ever stand,'
"Woman, thy vows are trac'd in sand."
que todo el que os contemple habrá de amaros;
Seguro que la experiencia me habrá enseñado
que vuestras firmes promesas no son nada;
pero, dispuesta ante mi con todos vuestros encantos,
todo yo lo olvido, menos adoraros.
¡Oh Memoria! vos elegís la bendición
que va unida a la esperanza, cuando aún poseéis;
¡pero tanto más despreciada por cada amante
cuando la esperanza ha huído, y la pasión acabado!
La mujer, esa bella y cariñosa embaucadora,
¡cómo tienden los mozuelos a creerla!
¡Cómo late nuestro pulso al ver
el ojo que rueda brillante y azul,
o centellea negro, o suave lanza
un destello bajo frentes castañas!
¡Qué pronto damos crédito a cada voto,
y la oímos prestar el voluntarioso juramento!
Ingenuos esperamos que durará para siempre,
cuando, ¡atended! ella en un día cambia .
Este testimonio permanecerá,
"¡Mujer! vuestras promesas se escriben en la arena."
Woman! experience might have told me
That all must love thee, who behold thee:
Surely experience might have taught
Thy firmest promises are nought;
But, plac'd in all thy charms before me,
All I forget, but to adore thee.
Oh memory! thou choicest blessing,
When join'd with hope, when still possessing;
But how much curst by every lover
When hope is fled, and passion's over.
Woman, that fair and fond deceiver,
How prompt are striplings to believe her!
How throbs the pulse, when first we view
The eye that rolls in glossy blue,
Or sparkles black, or mildly throws
A beam from under hazel brows!
How quick we credit every oath,
And hear her plight the willing troth!
Fondly we hope 'twill last for ay,
When, lo! she changes in a day.
This record will for ever stand,'
"Woman, thy vows are trac'd in sand."
viernes, 9 de diciembre de 2011
Compuesto Junto al Lago Grasmere (William Wordsworth)
Las nubes, entreteniéndose aún,
se extienden en sólidos bloques
a lo largo del oeste gris;
¡y mirad! estas aguas, templadas
por un aire calmo hasta
convertirse en pulida cera, entregan
un vívido retrato de las
estrellas;
Júpiter, Venus, y la rojiza
cresta de Marte
entre sus compañeros
hermosamente revelados
a una feliz distancia del
gimiente campo de la tierra,
donde los despiadados
mortales mantienen incesantes guerras.
¿Es un espejo?--¿o acaso la
Esfera inferior
que pone a la vista el
abismo donde ella alimenta
sus propios fuegos
calmos?--¡Pero oíd! una voz se acerca;
el mismísimo Gran Pan
susurrando entre los juncos,
"¡Estate agradecido,
pues si terribles hechos
asolan el mundo, aquí la
tranquilidad se haya!"
viernes, 28 de octubre de 2011
(Título indicado en el texto)
"Un pequeño interludio", exclamó el niño subido en el sillón del dentista.
Hacía tiempo que los tambores habían dejado de sonar sobre las colinas. Espacio abierto. Distancia al sol medida en insinuaciones junto a la cerveza y el vino. Algunos pasos más allá del río de piedras que la calle compañía exclama observó sus botas. "Un calzado eléctrico", no pensó él sino que dio por bueno en un verso. "Es bueno verte una vez cada seis años viviendo en la misma calle, sigues siendo mi mejor amiga." En el lugar elevado las aves rendían sus pleitesías a la noche. Al notarte pisar toda aquella piedra recordé la oscuridad en tus amapolas aquella noche junto a un mar que no era mío. ¿Por qué al encontrarse uno en la profundidad fingida de una piscina en Venus puede proclamar, entre los sollozos de un enemigo íntimo, que el deseo es un arma de largo alcance pero de disparo a quemarropa? Contestarse a ella misma es lo que hace la pregunta separada de las fronteras de la blancura entre los trazos. Más allá, la negatividad. "Quiero pitufas de Santa Ana!, espetó la chica de tez morena pero bañada por las interminables cejas de la máscara de Groucho Marx al camarero confiado en un error habitual en la propia chica de pechos grandes pero firmes por los abrazos, habituales ya también, de los culturistas.
Hacía tiempo que los tambores habían dejado de sonar sobre las colinas. Espacio abierto. Distancia al sol medida en insinuaciones junto a la cerveza y el vino. Algunos pasos más allá del río de piedras que la calle compañía exclama observó sus botas. "Un calzado eléctrico", no pensó él sino que dio por bueno en un verso. "Es bueno verte una vez cada seis años viviendo en la misma calle, sigues siendo mi mejor amiga." En el lugar elevado las aves rendían sus pleitesías a la noche. Al notarte pisar toda aquella piedra recordé la oscuridad en tus amapolas aquella noche junto a un mar que no era mío. ¿Por qué al encontrarse uno en la profundidad fingida de una piscina en Venus puede proclamar, entre los sollozos de un enemigo íntimo, que el deseo es un arma de largo alcance pero de disparo a quemarropa? Contestarse a ella misma es lo que hace la pregunta separada de las fronteras de la blancura entre los trazos. Más allá, la negatividad. "Quiero pitufas de Santa Ana!, espetó la chica de tez morena pero bañada por las interminables cejas de la máscara de Groucho Marx al camarero confiado en un error habitual en la propia chica de pechos grandes pero firmes por los abrazos, habituales ya también, de los culturistas.
sábado, 10 de septiembre de 2011
La Noche de las Iguanas
Los soplidos de las trompetas y la seda de los violonchelos introducen el tempestuoso escenario barrido por los monzones y los reptiles de colas como apéndices. El bramido de las olas emite sus dulces interferencias a través de una vieja radio.
Las aguas están llenas de plásticos que no hacen ruido,
que sólo ahogan a los bañistas en la medianoche,
que responden a la llamada de las orcas al describir Júpiter sereno un destello en el horizonte.
El reverendo Maldonado, serrando su peso coxofemoral inevitablemente hacia el futuro, busca conchas y caracolas en el perfil descrito por las arenas y los gusanos de Arakis. Las pieles negras de su hábito se estremecen con el contacto de la fresca noche en su viaje hacia las lindes del amanecer.
¡Oh tú, virtualidad de tercer grado por la que algunas familias derrochan sus sueldos durante la estación de lluvias, atracción de feria en la que yo, tú o aquel nos mojamos los pies en los domingos de fútbol y jarras de uranio! ¡Háblanos de tus feligreses en cunas de silicio, los ojos navegantes en la pantalla que no actúa tanto como espejo sino como cortejo indeseado cuando los hombres vuelven de la guerra! ¡Háblanos, te lo suplico!
REVERENDO MALDONADO: –"Los saqué a todos de mi vida. Los saqué a todos de sus coches. Al volver del hogar de los amantes, que quisieron enterrarme junto a los jacintos.
¡Oh, mi padre, oh mi padre! ¿No escuchas lo que Cristo me promete dulcemente?
Tú me tocas y no me haces daño. Los diablos en tus noches de mendicidad difusa. Ellos son los culpables que hoy buscas entre la siembra de los significantes."
Querido doble improvisado,
Junto al arrollo en Tepozlán hay varios perros tumbados en la charca. Mastican raíces y agua envenenada. Los turistas pisan con sus gomas los impotentes aminoácidos, privados ya de la repetición de las fábricas. Tanta identidad que nos embruja por eso mismo, por gozar en el deseo colmado, de aquello que se sabe muerto frente a los goznes del sol.
Pero mírala, por ahí va llegando, la señorita Gutiérrez. Se mueve como una infante difunte emborrachada de Ravel. Entre los filodentros se mueve. Todo es exceso y corriente subterránea en su aparición preprogramada. Os reúno ante los restos de Nantucket, cierto, más lejos e improbable, pero por eso mismo
más abierto.
Tuyo siempre,
el que escribe tu historia,
este dios,
otro doble.
SEÑORITA GUTIÉRREZ: –"Cada luna quemo banderas de estrellas, aquí junto a los cangrejos. Las maracas de Pedro y Jesú son como un pupút haciendo cabriolas por los desiertos de Arakis. Pienso en la presión de mis venas. Allí está Júpiter. Debido a la presión el hidrógeno comparte sus electrones en líquida aletheia que no trae ni verdad,
ni belleza,
ni terribles gritos de cerveza, cuando el bar declina y los amigos te sacan en cara tu huida entre los faroles. Desde que murió Vincenzo te suplico..."
-"Me suplicas."
-"Que me ames esta noche..."
-"Esta noche."
-"Con el ardor de las iguanas...
-"Las iguanas."
-"Pero no me haces caso, siempre ensimismado en tus conchas de hojalata. Sucinto monje endemoniado. Los raores se están friendo en la cocina de tu infancia y las mujeres se visten con partos y festejos de despedida. Los bungalow de madera donde pasamos aquel verano, con aquellos insectos solares dando luz, la necesaria. Y tu botella de mezcal caliente, preñada en sus vísceras por los lagartos. Lucy ha venido a pintar de sangre la cocina. Ego te absolvo.
Y después de tanta noche jugando a los tronos,
con aquella canción de aniversario y con los pterodáctilos, cabrones,
vendrás con tus maracas de Crimea a los brazos de un cristo con ojos de vaca,
herido en el costado siniestro.
Sin testigos, sin dolientes individuos en sus túnicas. A oscuras. Tú, y eso.
¿Por qué no dices nada? ¿Por qué no hablas? Habla... ¿Es que acaso no escuchas..."
-"El perro muerto jugueteando tras la puerta. Luego nada, y otra vez nada. Recuerda."
-"No puedo recordar.
Mentiría si te dijera otra cosa. Tus palabras son gasas empapadas en mi sangre, un querido llanto, una escusa barata en los oídos de la esfinge del departamento de estado, un piropo inocente en una escena de amor de Sam Peckinpah.
Algunos, como Juan, empujan con el pie certero al indio, fuera de plano,
colina abajo,
colina abajo.
Nadie te pidió que te pusieras ese delantal con tanto pistolero suelto, Sr. Valance. Libertad señalada por un garfio en el tejado. Herman cree que el dinero es suyo."
Sentada en el muelle blanco, Nikita Nabronaloviz seduce a los moluscos en pena con sus braguitas de seda.
NIKITA NABRONALOVIZ:–"¿Por qué me crucificaron con estos pechos y con estos muslos? Las cuchillas que mes a mes escarban mi piel. No las soporto. ¿Cuántas cremas te pones? ¿Sabes contar?
(mirada en el reflejo del agua)
Todo el peso de esos ojos, escrutándome. Las manos me cubren poco a poco, con sus pétalos y los párpados de acero. No quiero volverlo a ver.
(las olas no traen nada de valor)
Si en las tardes de aquel verano me hubiese quedado quieta en casa junto a mi madre. Mi madre.
No la soporto.
(y qué te ha hecho ella?)
Está dentro de mi. Prohibición, prohibición, prohibición.
Tiene colmillos de morsa y piel de hojalata.
(y qué más tiene, dime)
No tengo tiempo para esto. Estoy sola.
(son tan tuyas tus braguitas de seda)
Todo el peso de tus ojos, escrutándome."
Dos
morenas luchan a muerte junto al desagüe de la fábrica. Además, el tiempo se lee opaco en los bancos de algas. Las horas no traen nada de valor.
Persigue con la mirada el Reverendo los últimos ermitaños que desaparecen con la marea. Es el momento de la mudanza. El chillido de las uñas en la pizarra de Amity
y ese roto alarido tras cada sacudida, tras cada herida de amor que no se cierra. Enterrada viva. Como una selva diminuta.
Un poco más allá, la señorita Gutiérrez se hunde poco a poco entre las interferencias de la radio y los plásticos.
Ya se ha ensuciado el retrato de Nikita. Ya no le reconoce.
Me encojo de piernas en lo profundo del bote. Mecido por monstruos marinos.
Los luminiscentes dedos estirándose para luego encoger progresivamente. Anémonas que llueven sobre el cráneo jugoso aún sin formar.
Hace frío entre tus labios
bíblicos.
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