...y a medida que avanzaba, el temor se hacía más tangible, más físico. El temblor de las piernas, el corazón a punto de brotar con ademán dieciochesco, cada escalón y cada puerta ensombrecía el final de una carrera sin recodos. Ahí, junto a la cortina, ¿no lo ves? ¡Maldita sea, Gloria! ¡Vamos todos a morir! Pero no había ninguna Kate Capshaw vestida de blanca flor de los alpes para agarrar de la palanca llena de coleópteros que nos salvara. Algo me perseguía y yo seguía cerrando puertas y más puertas. En el dormitorio subyacente encontré a Carmen y a Dévora. Hablaban de los niños mutilados en genitales de azúcar cuando el mecenas de los muertos hacía su entrada triunfal por la calle de Kralja Milutina. Las ovejas se dispersaban en la lejanía de los pastos. Un poco más adelante, a la derecha, el doctor Peter Benkman era sometido a su habitual y eterno devenir en la espera de aquella gelatina americana que abría sus brazos como el ya viejo Brahms al saber de la muerte de Clara Schumann, un año antes de la suya. No debería seguir aquí. "Los primordiales", me escupe Orson entre cúmulos de whiskey y postales de Amaia Montero. "Los primordiales han hecho acto de presencia y ahora quieren rebozar los cuerpos vivos pero muertos de aquellas francesas afrancesadas hasta la médula que se colocaban las bragas al pasar por delante de los botijos de aguardiente." ¿Y no somos todos en cierta manera responsables? Tu único pasatiempo consiste en tocarte la polla ante nuestra mirada perdida. Siempre con tu polla manchándonos los labios. Arden las naves más allá del Tannhäuser (ópera). Gracias a una ganzúa pude entrar en la estancia que debía conseguirme tu perdón. Escupiendo tus palabras en su pecho deshojado, frente al O'Hara, de Frank O'Hara. Eran otros tiempos. Ahora ya eres un amargo sentimiento febril entre la basura. Las alfombras se desplazan como si de mantas se trataran. Ondulantes ante tu cabeza, mi trofeo. Say the goddamned pronouns. Ah, mi querido Sam Diamond. No hay nada que un buen guantazo en su rostro burgués no pueda arreglar. "Me gusta cuando cantas, desprovisto de ropa y con sombreros entre tus axilas. ¿Le leíste ya el poema de los japoneses? Ella expira que tiene un novio, que se parece a Boris Karloff". "¡Boris Karloff! No se merece ni oler mi mierda." Conseguí abrirme paso entre aquellos bultos, Lautreamont se alimentaba de unas piernas mal depiladas, eríceas, abominando de su memoria. "Quiero que cuando me penetres, las flores broten en las marismas." Allí, entre los candelabros, el poeta de esperma subrepticio picaba con su grinder el poder de una hierba imposible, inalcanzable, remota y simplemente ineficaz que fumaba ante los cuerpos descuartizados de algunas niñas.
Salí, salí por el portal de acero. No llegué muy lejos. Luis Alberto jugaba al golf junto a los muros de Ledesma. "Querido benefactor, déjame darte un abrazo con los morados labios prominentes". Se puso rojo como los neumáticos del Carmageddon. "No te espantes, no dormiré con ella tampoco esta noche. Me ahogo en el camarote de piedra, tragando mi propia dignidad por boca y extremidad, ¿no lo ves?"
Quería marcharme. El caserón se arqueaba tratando de agarrarme. "Por ahí va un maromo, atrapadlo". La pasión de San Mateo y sus piernas zurdas en el opel corsa. "Vámonos de aquí. Deja que me suba al capó. Lo importante es dejar estas tierras."
Y el occiso almirante enterrando una cerezas podridas en el cementerio. Una navaja en el cuello de algunos de los comensales. "Esta es mi casa. ¿Por qué debería irme? ¿quién me va a esperar ahí fuera?" La aparición fantasmal de un camisón blanco en las fauces de una noche novaliana. Ella me saluda desde las verjas. Yo la miro embelesado. "Eres el amor perdido de mis catorce años. ¿Por qué has llegado tan tarde?" Ella se giró presumida y seductora, hacia donde los setos clavan sus raíces.
La negrura quedaba atrás mientras nos alejábamos silenciosos.
¿No son aquellas estancias nuestras espejos salvajes y los ojos que ya juegan al escondite entre los párpados?
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sábado, 9 de julio de 2011
viernes, 24 de junio de 2011
Ravenna Park
El día amanece frío en Seattle. Las ojas de los árboles se estremecen por los cambios de presión a las que son sometidas. El volcán en la lejanía establece el límite de lo habitable por el hombre. ¿No somos acaso como una rosa marina surcando los agitados mares de lo incomensurable? Salmones como cúspides desafiando las alturas de los mares y los lagos. El periódico de hoy trae noticias de antiguas tribus bañadas en el lodo de las fábricas. "El hombre blanco", ellos dicen, "se apodera de las tierras con mano de hojalata y hierro". "Desdichados", aseguran, "no entienden que nosotros ya no somos más que abrigo y tormento para sus reses soñolientas". El sol cae por el Oeste del Oeste y algunos miedosos retiran sus hornadas y aguardan en sus casas de papel y ensueño, a que caigan los fantasmagóricos órdagos de Perl Harbour.

Una vez en el supermercado me dirijo a la sección de cereales, pasando como nube por los congelados de Alaska, cuánto tiempo ha pasado ya desde que mi mano blanquecina retirara el tapón del desagüe y así pudieras liberarte de aquellos punzantes estertores que la noche de Gomila traía con barato alcohol de taberna. Deslizándote entre las formas de un amor escatológico y allí los vecinos esperando ante sus urnas la llegada de vuestras nalgas difusas por el whiskey. Aquí disloco las articulaciones del tiempo esparcidas en blandos copos de azúcar y no puedo sentirme dichoso aún. "¿Cómo está usted? ¿Ha encontrado quizá ya lo que necesita? Yo estoy bastante bien." El día se ha deshecho extraño sobre las berenjenas del verano y de la siesta en que tú y yo acampábamos en las dunas. Más allá de las ametralladoras y de sus surcos, cuando los aullidos de nuestro padre se escuchaban bajo aquel puente de piedra. Ya no hay nombres, sólo números sin esperanza por las avenidas fabricadas como dulces. Regocijo, una entrada en un parque. He comprado una guitarra. No es mucha cosa pero puedo tocar los vacuos acordes de esa canción sin rumbo que nunca llega a puerto. Mujeres varias, paseando sus paraguas. Las ardillas se recogen en los recodos de las frondas.
Una calma impostada nos lleva a fingir que somos mártires de lo abstracto. Árboles afligidos en su desprendido canto junto a los túmulos. América es un vapor de espinos, donde sólo juegan aquellos niños distraídos.
Heroína por los tundros y las savias. Reposándote, hermano que segregas y sollozas y los cuervos te dedican un graznido. Los cuervos en sus imponentes penachos. Algunos gritos se ahogan en la lejanía de las fábricas. Las arañas frotando impunes, los salados cuerpos de los Suquamish.
Una vez en el supermercado me dirijo a la sección de cereales, pasando como nube por los congelados de Alaska, cuánto tiempo ha pasado ya desde que mi mano blanquecina retirara el tapón del desagüe y así pudieras liberarte de aquellos punzantes estertores que la noche de Gomila traía con barato alcohol de taberna. Deslizándote entre las formas de un amor escatológico y allí los vecinos esperando ante sus urnas la llegada de vuestras nalgas difusas por el whiskey. Aquí disloco las articulaciones del tiempo esparcidas en blandos copos de azúcar y no puedo sentirme dichoso aún. "¿Cómo está usted? ¿Ha encontrado quizá ya lo que necesita? Yo estoy bastante bien." El día se ha deshecho extraño sobre las berenjenas del verano y de la siesta en que tú y yo acampábamos en las dunas. Más allá de las ametralladoras y de sus surcos, cuando los aullidos de nuestro padre se escuchaban bajo aquel puente de piedra. Ya no hay nombres, sólo números sin esperanza por las avenidas fabricadas como dulces. Regocijo, una entrada en un parque. He comprado una guitarra. No es mucha cosa pero puedo tocar los vacuos acordes de esa canción sin rumbo que nunca llega a puerto. Mujeres varias, paseando sus paraguas. Las ardillas se recogen en los recodos de las frondas.
Heroína por los tundros y las savias. Reposándote, hermano que segregas y sollozas y los cuervos te dedican un graznido. Los cuervos en sus imponentes penachos. Algunos gritos se ahogan en la lejanía de las fábricas. Las arañas frotando impunes, los salados cuerpos de los Suquamish.
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