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viernes, 22 de julio de 2011

Edge (Sylvia Plath)

Borde

La mujer es ya perfecta.
Su inerte
cuerpo trae la sonrisa del cumplimiento,
la ilusión de una necesidad griega
fluye por los pliegues de su toga,
sus pies
desnudos parecen estar diciendo:
hemos llegado tan lejos, se ha acabado.
Cada niño muerto enroscado, una blanca serpiente,
en cada pequeña
jarra de leche, ahora vacía.
Ella los ha plegado
en su cuerpo como pétalos
de una rosa cerrada cuando el jardín
se endurece y los aromas sangran
de las dulces, profundas gargantas de la flor de noche.
La luna no tiene de qué entristecerse,
vigilando desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negruras crujen y se arrastran.













Uno de los últimos poemas que Plath escribió antes de darse muerte. Tradicionalmente la crítica lo ha considerado una nota de suicidio en la que incluso expresa el deseo de llevarse a sus hijos con ella. Ni mis admirados Ted Hughes o Seamus Heaney fueron capaces de separar en sus interpretaciones la persona poética y textual de la Sylvia real y cayeron presa de la limitadora castración autobiográfica.
Para más información remito a este excelente artículo sobre los últimos poemas de Plath:

http://findarticles.com/p/articles/mi_7026/is_1_100/ai_n28309477/?tag=mantle_skin;content

El poema original:

http://www.angelfire.com/tn/plath/edge.html

sábado, 18 de junio de 2011

Raccon City

Grietas.
Surcos excavados
en el rostro de la tarde.
Las frondas y antenas
despiden, con creciente sobresalto
la silente industria de los tarsos.
Te advierto y no sirve, no te agaches.
Cargan fieros con sus dólares los mapaches.

Allá, quieto junto a los huesos
de los amigos muertos,
tu fuego espera.
Un vaso
o un cáliz y algún vómito.
Se adormecen los dedos tubulares
deseando siempre que los despaches.
Cargan fieros con sus dólares los mapaches.


Arriba,
escaleras arriba,
desarbolas las corrientes
y tus mástiles nunca vivos.
El orín del búfalo negado
será remanso en el que te emborraches
cuando carguen fieros
con sus dólares
los mapaches.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cangrejos Fantasma (Ted Hughes)

Al anochecer, mientras el mar se oscurece,
una profunda oscuridad toma forma, organizándose desde los abismos y los
                                                                                        páramos submarinos,
hasta la orilla del mar. Al principio
se asemeja a rocas descubriéndose, mutilando su palidez.
Luego, poco a poco, la labor de la marea
al retirarse desvela sus productos,
su poder abandona las brillantes góndolas, que resultan ser cangrejos.
Cangrejos gigantes, bajo sus cráneos lisos, mirando tierra adentro
como una trinchera atestada de cascos.
Fantasmas, son cangrejos fantasma.
Así emergen
un vómito invisible de frío marino
sobre el hombre que pasea por las arenas.
Se vuelcan tierra adentro, hacia la púrpura humareda
de nuestros bosques y aldeas, una oleada peluda
de enormes y tambaleantes espectros
deslizándose como descargas por el agua.
Nuestras paredes, nuestros cuerpos, no son un problema para ellos.
Su apetito reside en otros lugares.
No podemos verlos ni apartar la mirada.
Sus bocas burbujeantes, sus ojos
con su lenta furia mineral
se hacen paso a través de nuestra nada donde nos tiramos sobre camas
o nos sentamos en habitaciones. Nuestros sueños quizá se alborotan,
o nos despertamos sacudidos al mundo de las posesiones
con un jadeo, en un estallido de sudor, los sesos machacados por
la luz de una bombilla. A veces, por unos minutos, una resbaladiza
y escrutadora
espesura de silencio
se abre paso entre nosotros. Estos cangrejos poseen el mundo.
Toda la noche, alrededor o a través de nosotros,
se acosan, se aferran los unos a los otros,
se montan, se despedazan los unos a los otros.
Se agotan por completo.
Ellos son las fuerzas de este mundo.
Nosotros tan solo sus bacterias,
muriendo sus vidas y viviendo sus muertes.
Al amanecer, se repliegan sigilosamente bajo la orilla del mar.
Son el desconcierto de la historia, la convulsión
en las raíces de la sangre, en los ciclos de la concurrencia.
Para ellos, nuestras abarrotadas tierras son campos de batalla vacíos.
Durante el día se recuperan bajo el mar.
Su canto es como una fino viento marino arqueándose sobre las rocas
                                                                               de un promontorio,
donde sólo los cangrejos escuchan.

Ellos, los únicos juguetes de Dios.






(Es inevitable confesar la significativa deuda para con la traducción de Xoán Abeleira en Bartleby)